sábado 31 de octubre de 2009

"Todo para Elise"


*impresindible escuchar la pieza

Le enseñó cuanto pudo, y además, amaba enseñarle. El resplandor en sus ojos castaños, el tenue rubor de sus mejillas cuando no acertaba con las teclas, todo eso hacía mágico cada momento de enseñanza. Uno de sus recuerdos más preciados era la sonrisa dulce e infantil que puso cuando le dedicó una pieza de piano, únicamente para ella, para que aprendiera a tocar. Entonces cuando él se sentara e hiciera sonar el piano le preguntarían por el nombre y respondería “Fur Elise”. Elise era una vida, un placer y un cariño. Lo mejor que pudo haberle pasado fue, entre otras cosas, haber tenido la oportunidad de enseñarle a tocar. El resultado era satisfactorio, y Elise lo admiraba, respetaba, y para suerte suya, también lo amaba.

Elise, Elise, Elise… todo es para Elise, la música, el palpitar suave o desenfrenado, las risas ocultas, las cartas, las flores, los besos, los abrazos, las caricias, los susurros. Y si encontraba otra cosa también sería para ella.

Sin embargo, hubo un día en que Elise entró con la cabeza gacha y silenciosa. Le preguntó que sucedía y ella respondió, entre lágrimas e intentos de permanecer firme, que su madre quería llevarla al campo para el verano, que no lo podría ver y se moriría de pena. Él le sonrió, acarició su cabeza suavemente, como si de porcelana fuese, y se sentaron frente al piano; los dedos maestros empezaron a tocar su canción mientras le hablaba (porque podía tocar sin ver directamente). Dijo que no se preocupara, cuando regresara la colmaría de todo su cariño, aumentado por la añoranza durante el verano. Nada en el mundo valía una sola de sus lágrimas. Elise no tuvo otra alternativa más que sonreír y esperar que la visita al campo terminara.

Cuando la etapa de días con ausencia de Elise comenzó, no pasaba un día en que no tocara su canción. Miraba por la ventana e imaginaba qué podría estar haciendo en ese instante. Esperaba que no sufriera, que la trataran bien y así fue: la familia de Elise era muy buena y cariñosa, no tardó en sentirse cómoda y los días empezaron a volar veloces como las aves. Hasta que llegó el momento de retornar a la ciudad y por ende a las clases de piano.

Él la estaba esperando de pie, amagando una sonrisa, y el rostro de ella irradiaba felicidad por el bien estar que el viaje le trajo, y también traía consigo una muy buena noticia.

—Me caso.

Ese día no se tocó ningún “Fur Elise”, se perdió hablando del viaje, del primo maravilloso que tenía; apuesto, joven, alegre, adinerado, inteligente. Probablemente muchas cualidades que, a su parecer, el maestro carecía y que, obviamente, dejó de ser el amado de Elise. Estaba enamorada con locura y se comprometieron el último día de vacaciones. La boda sería el mes siguiente y él fue cordialmente invitado. Le pidió que no faltara… de no haberla amado le hubiera preguntado qué clase de pedido enfermo y malvado era ese. Pero todo era para Elise, su presencia estaba incluida y asistiría y la vería besar a otra persona que no era él, la vería sonreír con su ternura de niña y la oiría jurar ante Dios que acompañaría a su esposo hasta la muerte.

Elise, Elise, Elise... ya no amaba más al maestro y volaba de sus manos, lejos, lejos.

Él vio al esposo de su aun amada, supo enseguida que en sus ojos ocultaba un demonio cruel y sucio, no le costó imaginar el final de la criatura, empero no interferiría ya que no deseaba quedarse con su rencor. Sabía que los años pasarían y con mucha suerte recordaría el rostro suyo, lo visitaría muy de vez en cuando y le hablaría de tonterías, le irritaría escuchar su canción, pero no pararía porque a él le seguiría gustando mucho. Además era un regalo, y los regalos deben perdurar por siempre. Jamás volvería a mencionar que la amaba, claro estaba. Se limitaría a observar cómo su esencia se perdía y como desaparecía rápidamente todo rastro de él en su vida. Luego de tres años, Elise perdería embarazos, porque era frágil y no estaba preparada para tantos y tan temprano. Lloraría acurrucada en la cabecera del lecho matrimonial, con las sabanas blancas empapadas de sangre, preguntándose qué estaba haciendo mal, deseando fervientemente que la agonía se esfumara rápido, y que todo volviera a ser tan alegre como cuando recién conocieron, pero ya sería tarde.

Correría una noche a la casa del maestro, que sería una de las pocas señales de un pasado feliz real. Lo abrazaría con fuerza y derramaría algunas lágrimas sobre su pecho. No le contaría sus problemas, sólo esperaría que de algún modo lo comprendiera. Él no se privaría de corresponder un abrazo, ya que hacía mucho que no lo hacía. Susurraría en silencio y la conduciría hasta el piano para tocar su canción. Todo era para Elise; su tiempo, su música. Al escuchar la pieza sonreiría y por un breve segundo sus penas desaparecerían. Y justo cuando estaba por decirle algo importante, su esposo golpearía la puerta, preguntando por ;su Elise. De muy mala gana y reteniendo deseos de golpearlo, lo calmaría diciendo que estaba con él. La vería despedirse y caminar a su paso. Sería la última vez que la vería con vida, porque Elise era tremendamente infeliz y a la semana dejaría el mundo de los vivos para descansar en paz con los muertos. Todos estarían presentes en la misa por ella, incluso él, pero apartado de la multitud, tarareando en su mente su canción. Porque todo seguiría siendo siempre para Elise… su dolor, su nostalgia, su música y su canción.

"Todo para Elise" © Ágsomo Naraveckis
Picture © PinkPenguinCookie

domingo 25 de octubre de 2009

"El padre-vívora"


Los captura inyectándoles su veneno a través de los colmillos.
Además de inyectarlo a través de la mordedura, algunas especies
pueden escupirlo al comprimir los músculos que tienen en los colmillos
y expulsarlo con fuerza y rapidez al exterior.”


Ella va a ir a comer a su casa, él está un tanto asustado. No tiene motivos, al fin y al cabo son sus padres y ella no es chica mala, un poco joven tal vez, tiene diecinueve y él veintiocho. ¿Pero qué hay de malo? Sus padres se llevan diez años y nadie hace escándalo por ello, no debería tener miedo.

Su madre tararea mientras cocina con esmero, y su padre lee un libro a la vez que fuma. Se estremece… su padre. Su padre al que odia y que lo odia a él. ¿Tendría al menos un poco de piedad cuando conociera a la mujer que tanto ama? Quiere preguntárselo, empero significa hacerle notar que desconfía y si iba a ser compasivo ya no lo sería.

El terror que le tiene es directamente proporcional al respeto. Lo hace únicamente por miedo de lo que fuera a decir. ¿Extraño, no? “Decir” no “hacer”, no teme a un cachetazo, tiene miedo de alguna observación, de que en cualquier momento se le abrieran las fauces y de sus diente caninos saliera un chorro de veneno verde, brillante y humeante, que le salpicara los ojos y el rostro. Siempre lo esperaba a sabiendas de que era prácticamente imposible. Pero su padre es una cobra y las cobras atacan con veneno.


Suena el timbre. Es Ana. Va hacia la puerta con el cuerpo helado. Ana lleva un vestido azul oscuro, zapatos negros y su cabello pelirrojo recogido. El padre levanta la vista sin darle demasiada importancia, podía ser que nada malo sucediera entonces. Suspira aliviado. Su madre sale de la cocina para recibirla, le dice lo linda que se ve y el buen gusto de Martín, luego pide por favor que todos se sienten a la mesa, está a punto de servir la cena. El padre se levanta del sillón y Ana recién se percata de su presencia. Aun con miedo, él los presenta:


—Ana, él es mi papá: Ofidios Hannah. Papá, ella es Ana Di Narro. —Ambos se estrechan las manos.

—Un placer Señor Hannah. —Sonríe, pero él la mira expresando claramente «¿Por qué es un placer, estúpida?». No tiene necesidad de decirlo, Martín lo entiende, Ana también y, a su vez, el padre lo sabe. Se sonríe con malicia.
—Vamos a comer —dice Martín para desviar la situación. Toma la mano de su novia con fuerza. Ella comprende su miedo y por una milésima de segundo cree que está a punto de llorar. ¿Tan malo sería ese hombre?

Se sientan en la mesa. Los novios uno al lado de otro, enfrentados a Ofidios y su mujer.


«Ojalá viniera un asesino y le cortara la lengua o arrancase los dientes» piensa. No por mala persona, pero así no escupiría veneno y nadie podría herir a nadie. ¿Quién sabe? Tal vez los colmillos de papá tuvieran un valor millonario. Imagínense: colmillos venenosos de ser humano. Alguien pagaría cualquier cosa por tenerlos.


—Ana —empieza la madre, sirviéndose ensalada— sos una chica preciosa. Veo que Martincito tiene muy buen gusto.

—Gracias Señora, pero no es para tanto, no tengo nada especial.
Se sonroja por el cumplido. El padre agrega:
—Tiene razón, no hay que confundir el buen gusto con la perversión. El pibe no es boludo, una nena joven…
—¿Perdón?

Ana no entiende. La madre si, pero prefiere ignorarlo. Martín… Martín no necesita explicación alguna, sus miedos se confirman en esa milésima de tiempo, comprende que no hay vuelta atrás: la odia y no lo va a disimular. Tiene la necesidad de destruirla porque él la ama. Una cobra que eligió su ratón, un ratoncito débil que debe morir.


—No dijo nada, Ana —interrumpe el muchacho—. Mamá, está muy rica la comida.

—Las nenas también son ricas —ríe el hombre mayor. Ríe y gana porque ya no pueden evitar ignorarlo.
—¿Qué significa eso de “nena”?
—Que tu novia es una nena. Escuchame, no es necesario que le digas cuánto la amás. Cojétela, y dejala.
—¿Qué quiere decir con que me coja y me deje? No sé si usted conoce a su hijo pero…
—Si, piba, lo conozco porque lo tuve. ¿Qué querés que piense yo con ese vestido de puta?
—¡Papá, basta! —quiere llorar. No por lo que dice, si no porque se lo dice a quien ama.

Su padre lo odia. Siempre fue así. ¿Por qué pensó que podría llegar a cambiar? ¿Por el amor que le tiene? Si nunca le tuvo ningún amor, era imposible imaginar un sacrificio por una causa no existente. Empero necesitaba tanto creer que lo quería, que no lo despreciaba, hubiese preferido la vergüenza al desprecio. Ya que cuando uno se avergüenza de otro significa que lo influye, y en cierto modo están vinculados, pero cuando te agreden y se es indiferente…


—Tampoco entiendo porqué la piba quiere a semejante inútil como vos.

—Señor, amo a su hijo, y siento lástima por el idiota que no lo comprende.
—¿Te la mete una par de veces y por eso creés conocerlo mejor que yo? No, no. Estás muy equivocada. ¿Sabías que antes le daba duro a la María? Bien fiero, llegaba a casa con los ojos rojos y balbuceando incoherencias. —Ríe, como si contara un chiste. Esta vez ni la señora puede tolerarlo, se pone pie mirándolo con ira.
—Dijiste que nadie iba a saber lo de la marihuana. ¿¡Cómo podés contarlo así? ¡Como un chiste de mesa!
—Si a vos tampoco te cae bien la chica. No seas hipócrita. —La madre se queda dura y el hijo lagrimea.
—¿Eso es verdad? ¿Ana… Ana no te cae bien? —No puede mentirle a Martín, porque si hay algo que el Señor Hannah no es, es mentiroso. Será una cobra malvada, y eso es lo que le da valor a sus palabras: siempre son verdaderas. Porque su hijo repitió dos veces el CBC es un inútil, Ana lleva un vestido corto y no es ninguna santa; habían hecho el amor y se creían los reyes del mundo. Ana es muy joven, su esposa odia a Ana por arrebatarle a su “bebé”.
—Hijo… ella…
—¡Es verdad! —gritó, poniéndose de pie y tirando la silla—. ¡Papá tiene razón, sos una hipócrita!

La voz le tiembla igual que el labio inferior. Su mundo se llena de rojo, la mirada de Ana intenta entrar en su mente, y captar el dolor. El dolor de una familia que no quiere a su hijo, la cuestión no tiene importancia. La vida da millones de vueltas y nunca se sabe en qué pueden acabar los hijos, pero para eso existe el rol de familia, para resguardar y evitar las catástrofes, no para humillarlos y enseñarles de formas desagradables las cosas. Si no se está dispuesto a amarlo, mejor darlo en adopción. Hay tanta gente que anhela un hijo y no puede tenerlo.

Ahora ella tiene deseos de gritar, de tomar la botella de vino y partirla en la cabeza del Señor Hannah, de cortarle el cuello y colgar la cabeza de serpiente sobre el espejo del auto, de sacarle la piel y hacer una billetera. De detener su tortura. No le interesa como la llamen o lo que opinen, la enfurece ver a su novio sufriendo injustamente.

—Señora, si yo no le agrado, no tendría que haberme invitado. No tengo problema con eso.

—De todos modos, no va a cambiar que lo sigas viendo y que sigan haciendo ya sabemos qué —agrega el padre.
—¡Callate, papá! —chilla Martín—. ¡¿Qué te hice yo para que me trates así?! ¿Es por la marihuana? ¡Ya la dejé! Hace dos años que la dejé y no gracias a vos, que lo único que hacías era reírte de mí y esconderme de los vecinos. Ahora encontré a una persona buena, que me escucha y me entiende, en vez de tenerla en secreto les cuento con la mejor intención… —Las lágrimas le brotan de sus ojos color café. La madre está callada, sin saber qué decir—. Ojalá me hubieras dejado en la calle… y que me encontrara cualquier otra persona.
—Te dije que tendríamos que haber hecho eso, Ofelia —bromea con su mujer.
—¡No le veo la gracia!

Todos se ponen a gritar; el padre, la madre, Ana, salvo Martín, que siente que se hace pequeño, vuelve a tener diecinueve años, quince, diez, ocho, cinco. Se encuentra sentado en el sillón, respirando el humo que su padre le sopla al rostro, intencionalmente. Con miedo de decirle que pare, con una madre que no hace nada. Sin amigos. Sólo él y el padre-serpiente, que lo muerde en las piernas, los brazos y el pobre corazón.

¿Cuánto tiempo le queda de vida? Está lleno de veneno. Vomita veneno, escupe veneno, sangra veneno.
Ana intenta quitárselo con sus besos, abrazos, palabras, canciones, chocolates, salidas, guitarreadas. Pero el padre es una serpiente fuerte, vieja, llena de experiencia, y además le había dado la vida.

—Vámonos, Martín. —La voz dulce de la pelirroja le devuelve los diecinueve años. —No podés vivir más en esta cueva. —Le toma la mano y lo lleva a la puerta, saca las llaves y ambos se van, se sumergen en la oscuridad de la noche, a la parada de colectivo más cercana. Más tarde regresaría por sus cosas, si podía.


Los Señores Hannah los observan desde su lugar. Y sin que nadie lo note, Ofidios saca su bífida lengua, esperando extasiado a que Martín regrese, para hacerle notar lo fracasado que era, es y seguirá siendo. Aun queda mucho veneno por inyectar.



"El padre-vívora" © Ágsomo Naraveckis
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