*impresindible escuchar la pieza
Le enseñó cuanto pudo, y además, amaba enseñarle. El resplandor en sus ojos castaños, el tenue rubor de sus mejillas cuando no acertaba con las teclas, todo eso hacía mágico cada momento de enseñanza. Uno de sus recuerdos más preciados era la sonrisa dulce e infantil que puso cuando le dedicó una pieza de piano, únicamente para ella, para que aprendiera a tocar. Entonces cuando él se sentara e hiciera sonar el piano le preguntarían por el nombre y respondería “Fur Elise”. Elise era una vida, un placer y un cariño. Lo mejor que pudo haberle pasado fue, entre otras cosas, haber tenido la oportunidad de enseñarle a tocar. El resultado era satisfactorio, y Elise lo admiraba, respetaba, y para suerte suya, también lo amaba.
Elise, Elise, Elise… todo es para Elise, la música, el palpitar suave o desenfrenado, las risas ocultas, las cartas, las flores, los besos, los abrazos, las caricias, los susurros. Y si encontraba otra cosa también sería para ella.
Sin embargo, hubo un día en que Elise entró con la cabeza gacha y silenciosa. Le preguntó que sucedía y ella respondió, entre lágrimas e intentos de permanecer firme, que su madre quería llevarla al campo para el verano, que no lo podría ver y se moriría de pena. Él le sonrió, acarició su cabeza suavemente, como si de porcelana fuese, y se sentaron frente al piano; los dedos maestros empezaron a tocar su canción mientras le hablaba (porque podía tocar sin ver directamente). Dijo que no se preocupara, cuando regresara la colmaría de todo su cariño, aumentado por la añoranza durante el verano. Nada en el mundo valía una sola de sus lágrimas. Elise no tuvo otra alternativa más que sonreír y esperar que la visita al campo terminara.
Cuando la etapa de días con ausencia de Elise comenzó, no pasaba un día en que no tocara su canción. Miraba por la ventana e imaginaba qué podría estar haciendo en ese instante. Esperaba que no sufriera, que la trataran bien y así fue: la familia de Elise era muy buena y cariñosa, no tardó en sentirse cómoda y los días empezaron a volar veloces como las aves. Hasta que llegó el momento de retornar a la ciudad y por ende a las clases de piano.
Él la estaba esperando de pie, amagando una sonrisa, y el rostro de ella irradiaba felicidad por el bien estar que el viaje le trajo, y también traía consigo una muy buena noticia.
—Me caso.
Ese día no se tocó ningún “Fur Elise”, se perdió hablando del viaje, del primo maravilloso que tenía; apuesto, joven, alegre, adinerado, inteligente. Probablemente muchas cualidades que, a su parecer, el maestro carecía y que, obviamente, dejó de ser el amado de Elise. Estaba enamorada con locura y se comprometieron el último día de vacaciones. La boda sería el mes siguiente y él fue cordialmente invitado. Le pidió que no faltara… de no haberla amado le hubiera preguntado qué clase de pedido enfermo y malvado era ese. Pero todo era para Elise, su presencia estaba incluida y asistiría y la vería besar a otra persona que no era él, la vería sonreír con su ternura de niña y la oiría jurar ante Dios que acompañaría a su esposo hasta la muerte.
Elise, Elise, Elise... ya no amaba más al maestro y volaba de sus manos, lejos, lejos.
Él vio al esposo de su aun amada, supo enseguida que en sus ojos ocultaba un demonio cruel y sucio, no le costó imaginar el final de la criatura, empero no interferiría ya que no deseaba quedarse con su rencor. Sabía que los años pasarían y con mucha suerte recordaría el rostro suyo, lo visitaría muy de vez en cuando y le hablaría de tonterías, le irritaría escuchar su canción, pero no pararía porque a él le seguiría gustando mucho. Además era un regalo, y los regalos deben perdurar por siempre. Jamás volvería a mencionar que la amaba, claro estaba. Se limitaría a observar cómo su esencia se perdía y como desaparecía rápidamente todo rastro de él en su vida. Luego de tres años, Elise perdería embarazos, porque era frágil y no estaba preparada para tantos y tan temprano. Lloraría acurrucada en la cabecera del lecho matrimonial, con las sabanas blancas empapadas de sangre, preguntándose qué estaba haciendo mal, deseando fervientemente que la agonía se esfumara rápido, y que todo volviera a ser tan alegre como cuando recién conocieron, pero ya sería tarde.
Correría una noche a la casa del maestro, que sería una de las pocas señales de un pasado feliz real. Lo abrazaría con fuerza y derramaría algunas lágrimas sobre su pecho. No le contaría sus problemas, sólo esperaría que de algún modo lo comprendiera. Él no se privaría de corresponder un abrazo, ya que hacía mucho que no lo hacía. Susurraría en silencio y la conduciría hasta el piano para tocar su canción. Todo era para Elise; su tiempo, su música. Al escuchar la pieza sonreiría y por un breve segundo sus penas desaparecerían. Y justo cuando estaba por decirle algo importante, su esposo golpearía la puerta, preguntando por ;su Elise. De muy mala gana y reteniendo deseos de golpearlo, lo calmaría diciendo que estaba con él. La vería despedirse y caminar a su paso. Sería la última vez que la vería con vida, porque Elise era tremendamente infeliz y a la semana dejaría el mundo de los vivos para descansar en paz con los muertos. Todos estarían presentes en la misa por ella, incluso él, pero apartado de la multitud, tarareando en su mente su canción. Porque todo seguiría siendo siempre para Elise… su dolor, su nostalgia, su música y su canción.
"Todo para Elise" © Ágsomo Naraveckis
Picture © PinkPenguinCookie